Sin lechuga, sin tomate, sin pepinillo, sin ...

Siempre me ha maravillado (una admiración no exenta de cierta vergüenza al principio, aunque el tiempo todo lo cura) su capacidad para destruir los platos y menús de los restaurantes con cambios e invenciones imposibles de ingredientes.
Yo mismo he sucumbido al placer de degustar decenas de montblancs (un helado coronado de nata que recuerda la forma de una montaña con la cima nevada) sin nata.
El problema es intentar jugar a ser cocineros con las personas. Los celos, los arrebatos de ira, los días malos, ... no son rasgos que se puedan quitar como los pimientos o la cebolla. Están allí, y por mucho que nos los quieran ocultar y no los queramos ver, al final se mostrarán.
La combinación perfecta de sabores no existe. Y aun si existiese, la aborreceriamos si la comiéramos a todas horas. Unos días apetece más dulce, otras veces más salado.
Aunque pueda parecer contraproducente, al conocer a alguien vale la pena enseñarle un poco tu cara más amarga. Antes o después va a tener que lidiar con ella, así que mejor descubrir si le resulta aceptable. Si lo es, te habrás quitado un buen peso de encima, y si no, habrás ganado un tiempo precioso para encontrar otro paladar que sepa apreciarte mejor.